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TitleChesterton - El Arte Del Asesinato
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Page 153

Race miró la mesa y dijo oscuramente:

—¿Cuántos de esos brutos habrán estado involucrados?

El padre Brown sacudió la cabeza:

—Más de los que pienso —dijo—, pero espero que algunos sólo hayan sido meros

instrumentos. Tal vez Álvarez piense que todo está permitido en la guerra, tiene una

mente retorcida.

Me temo que Mendoza es un viejo hipócrita, nunca confié en él, y él odió mi

intervención en un asunto industrial. Pero todo eso puede esperar. Ahora sólo tengo que ir

y agradecer a Dios mi salvación y, especialmente, que telegrafié de inmediato al obispo.

John Race pareció pensativo.

—Me ha dicho muchas cosas que no sabía —dijo finalmente—, y me siento inclinado a

decirle la única cosa que usted no sabe. Puedo imaginarme que esos tipos calcularon bien.

Pensaron que cualquier persona que se levanta de un ataúd y se encuentra canonizada

como un santo y considerada un milagro andante, aceptaría las loas de sus adoradores y la

corona de gloria caída del Cielo. Y reconozco que su argumentación era muy práctica y

psicológica, en lo que se refiere a la forma de actuar de los seres humanos. Yo he visto todo

tipo de hombres en todo tipo de lugares, y le digo con toda franqueza que no creo que

haya un hombre entre mil que pueda despertar de ese modo con todos sus sentidos y que,

hablando aún casi en sueños, tenga la cordura, la simplicidad y la humildad...

Se sorprendió de encontrarse conmovido y con voz temblorosa.

El padre Brown miraba con expresión ausente y más bien confusa hacia la botella sobre

la mesa.

—Mire —dijo—, ¿qué tal una botella de vino de verdad?

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