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Laura Alcoba






LA CASA
DE LOS CONEJOS





Traducción: Leopoldo Brizuela

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Mi madre parece cada vez más fuera de sí. Evidentemente,
espera que yo confiese algo, pero no entiendo qué, y se me caen las
lágrimas.

Diana, que ha entrado en la cocina detrás de ella, se me
acerca y trata de calmarla. Es Diana quien me habla ahora, con
una voz muy dulce.

—Bueno, bueno. No es para tanto. Ya me las ingenié para
contestar sus preguntas, y hasta parece que me creyó. Pero, ¿cómo
se te pudo ocurrir decirle que no tenés apellido?

Yo no comprendo a qué se refiere.
Diana me cuenta que la vecina ha venido, esta misma mañana,

a preguntarle qué le pasaba “a esa pobre nena” que le había dicho
que no tenía apellido. Yo entiendo que Diana lo está contando ante
mi madre por segunda vez.

Y entiendo que “la pobre nena”, soy yo.
Todo sucedió ayer, dicen, pero yo no recuerdo. O bien ya no

puedo recordarlo. Al menos eso creo.
Pero ahora que Diana amplía la descripción de este episodio,

sí, es verdad, creo recordar que en un momento la vecina me
preguntó mi nombre, antes o después de la escena de los zapatos,
en su cuarto. Yo le respondí: “Laura”. Yo sólo dije “Laura” porque
sé que esa es la única parte de mi nombre que me dejan conservar.
En seguida me preguntó. “Laura qué”. Y en verdad, no recuerdo
nada de lo que vino después. Debo de haber entrado en pánico,
porque yo sé muy bien que sobre mi madre pesa un pedido de
captura, y que estamos esperando que nos den un apellido nuevo y
documentos falsos. ¿A mí también me buscan, acaso? En cierta
forma, sí, sin dudas, pero sé bien que si estoy aquí, es el fruto del
azar.

¿Pero podría haber sido yo la hija de un militar? No,
imposible. En ese caso yo sería muy distinta. ¿Podría haber sido en
cambio la hija de López Rega, el Brujo? No, menos aún, por
supuesto que no, ese hombre es un asesino cínico y perverso, todo
el mundo lo sabe, y sólo podría engendrar monstruos. Y yo no creo
ser un monstruo, no. ¿Pero qué podría responder, entonces? ¿Cuál
es, al fin y al cabo, mi nombre?

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Sí, ahora que me esfuerzo por recordar esa escena en casa de
mi vecina, creo que tuve miedo. Puede ser que yo le haya dicho, es
verdad, que no tenía apellido, tal como te lo repitió Diana.

Pero no hay por qué ponerse así, mamá, ya me doy cuenta de
que fue una estupidez. No, perdón, una estupidez no, entiendo
perfectamente que se trata de algo grave, muy grave. Que puse a
todos en peligro. Que se me escapó una barbaridad suficiente para
hacer sospechar a cualquiera, porque no hay en el mundo una
nena de siete años que ignore su apellido o que piense que es
posible no tener uno. Y lo más grave es que después no dije nada,
para evitar que mi equivocación enorme provocara una catástrofe.
Sí, tienen razón, ¿por qué no dije nada?, ¿por qué no les avisé? Si
la vecina les ha contado esta barbaridad a otras personas, a esta
hora todo el barrio estará murmurando. Ya les parecemos un poco
extraños, es cierto. Pero en este caso, si todo el mundo ha llegado a
saber que en esa casa hay una nena de siete años que dice que no
tiene apellido, ya habrán empezado a considerarnos sin duda muy,
muy raros... Además de las salidas nocturnas en furgoneta, de
toda esa tierra que es necesario hacer desaparecer; una nena que
dice: “Yo no tengo apellido; mi familia no tiene apellido”. Tenés
razón, Diana. Perdón mamá.

Oh, yo sé que tuve miedo, ahora lo recuerdo perfectamente,
sentí como si hubiera caído en una trampa, en esa casa, con esa
magnífica criatura rubia de los mil zapatos divinos que me
preguntaba insistente: “¿Pero cómo? Eso es imposible, no hay
personas sin apellido...Tu papá y tu mamá, son el señor y la
señora ¿cuánto?”. Sí, ahí está, ahora me acuerdo: “No, mi papá y
mi mamá no tienen apellido. Son el señor y la señora Nadadenada.
Como yo”.

Mi madre se pone pálida, o de un color inhabitual en todo
caso, de un color que no es normal. En absoluto.

Por mi parte, yo siento que el techo se derrumbará sobre
nosotros, que los “monos” de las “Tres A” ya están ahí fuera, en sus
autos negros sin número de matrícula, detrás de sus bigotazos y
armados hasta los dientes; que ya irrumpen en la casa y para
matarnos a todos como a conejos al fondo del galpón, al borde del
inmenso agujero.

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que el Ingeniero me explicó, hace ya treinta años, ante el falso
último muro de la casa de los conejos.

Yo podía recordar con gran nitidez su mirada y su sonrisa
mientras exponía esta teoría. Era extraño escuchar así,
nuevamente, al Ingeniero, por detrás de las palabras de Dupin, en
traducción de Charles Baudelaire. Pero súbitamente, al leer el
famoso pasaje sobre la “evidencia excesiva” quedé helada. Volví
inmediatamente a releerlo. Incrédula al principio. Luego
espantada.

Desde entonces, lo he leído muchas veces. Aquí lo reproduzco:
“Hay un juego de adivinación —continuó Dupin— que se juega

con un mapa. Uno de los participantes pide a otro que encuentre
una palabra dada: el nombre de una ciudad, un río, un Estado o
un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada
y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el
juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres
escritos con los caracteres más pequeños, mientras que el buen
jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de
una parte a la otra del mapa. Estos últimos, al igual que las
muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención
a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta
análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta
consideraciones de una excesiva evidencia”.

Desde que releí este pasaje escucho la voz del ingeniero
enunciando las palabras de Dupin y, aun contra mi voluntad,
vuelvo una y otra vez a imaginar a los militantes montoneros que
creían protegerse exigiéndole que se ocultara bajo una frazada
antes de llegar a la casa de los conejos, como los “jugadores
novatos” de un juego bastante parecido al que evoca el personaje
de Poe. Como “buen jugador” y como lector avisado, el Ingeniero
había traspuesto el juego que Dupin había visto realizar sobre un
mapa a la configuración de una ciudad real. Sólo cambió de escala.
Y la apuesta.

Si esto fue así, no debe de haber necesitado conocer, en efecto,
el número de la puerta de la casa, ni siquiera el de la calle, porque
era capaz de leer, desde lo alto del cielo, las líneas y los trazos que
denunciaban la casa. Él supo descifrar las letras enormes.

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Pero no, no puede ser posible que un cuento de Poe haya servido
de arma en la guerra sucia. No es posible que tanta sutileza e
inteligencia haya sido utilizada para masacrar gente. Y si alguien
lo hizo, en todo caso, no tenía derecho.

Hay estrategias sutiles, demasiado sutiles. A veces, incluso,
salvajes. Estrategias para dominar a los otros y tener la última
palabra. Para reencontrar una carta robada, ¿y para salvar el
pellejo aun al precio de posibilitar una masacre?

No, no puede ser tan simple. Y Poe no puede ser un cómplice.
No. Ni siquiera Dupin.

Quiero creer que existe el azar.
Existen hombres dispuestos a hacer pasar fronteras a la hija

de un amigo, aun a riesgo de quedar en la mirilla de un fusil, sólo
como una forma de decir gracias.

Clara Anahí vive en alguna parte. Ella lleva sin duda otro
nombre. Ignora probablemente quiénes fueron sus padres y cómo
es que murieron. Pero estoy segura, Diana, que tiene tu sonrisa
luminosa, tu fuerza y tu belleza.

Eso, también, es una evidencia excesiva.




París, marzo de 2006.

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