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Page 1

Chuck
Palahniuk

Snuff

Traducción de
Javier Calvo

Page 2

Título original: �����
© 2008, Chuck Palahniuk
© 2010, de la presente edición en castellano para todo el mundo:
Random House Mondadori, S.A.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2010, Javier Calvo Perales, por la traducción
Primera edición: marzo de 2010
Printed in Spain - Impreso en España
ISBN: 978-84-397-2211-3
Depósito legal: B-5217-2010
Fotocomposición: Fotocomp/4, S. A.
Impreso en Limpergraf
Pol. Ind. Can Salvatella
c/ Mogoda, 29-31
08210 Barberà del Vallès

Encuadernado en Encuadernaciones Bronco

GM 2 2 1 1 3

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Allí mismo, le di a la señorita Wright los documentos de las seis
pólizas. Lo único que faltaba era el autógrafo de ella. Importe total del
pago potencial: diez millones.

Sin sus bifocales, la señorita Wright miró los documentos con los
ojos guiñados, su máscara de aguacate agrietándose y
resquebrajándose y soltando migas verdes. Sostuvo los papeles con
el brazo extendido. Mirando la letra pequeña, dijo:

—Siempre vas un paso por delante, ¿verdad?
Es por eso por lo que me paga una pasta gansa, le digo.

Pescando con los dedos un bolígrafo de entre los cojines del sofá.
Y la señorita Wright dice:
—La chavala emperatriz esa... —Autografiando todas las pólizas

de seguro, señalando el televisor con la cabeza, dice—: La Mesalina
esa, se tendría que haber suicidado sin más...

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EL SEÑOR 600

El tío con pinta de chulo está rajando por el móvil cuando se le va la
pelota. Ese tío con pinta de chulo que lleva el pelo negro repeinado
hacia atrás y engominado para cubrir su calva, mostrando un espacio
enorme de frente alta y blanca, está rajando de opciones de bolsa y
precios de venta y márgenes de reserva cuando Sheila levanta la
vista del portapapeles que tiene en las manos.

Sheila nos reúne a todos y grita:
—Caballeros. —Grita—: Atención a sus números, por favor.

Necesito...
Con todos los oídos atentos, las cabezas inclinadas en gesto de

escucha, los tíos dejan de masticar con las bocas llenas de nachos.
Salen tíos por la puerta del baño, con la polla todavía en la mano. Los
ojos muy abiertos, esperando oír las palabras, y dando golpecitos en
el aire para hacer que los demás se callen.

Dejando caer cada palabra con la misma contundencia que una
corrida en tu ojo, Sheila dice:

—... Número 247... número 354... y número 72. —Hace un gesto
con la mano en dirección a las escaleras y dice—: Que esos caballeros
me sigan, por favor...

El número 72 es el posible hijo de Cassie.
Es entonces cuando al tío del móvil con pinta de chulo se le va la

pelota. El tío se pega el móvil contra el pecho. Lleva un afeitado de
modelo, de esos en que te pones el cepillo número uno en la máquina
de rapar y te dejas todo el pelo del pecho a la misma longitud de seis
milímetros. Igual que los tíos del catálogo de International Male pero
sin el músculo escultural. El tío dice por teléfono:

—Espera un segundo.
Echa la cabeza hacia atrás y grita:
—¡Esto es un timo, chata! —Gritando a la espalda de Sheila, el

tipo dice—. ¿Te crees que vamos a pasarnos el día entero esperando
para corrernos dentro de una viejuna?

En mitad de las escaleras, Sheila se detiene. Mira hacia atrás,
haciendo visera con una mano sobre los ojos para ver la otra punta
del océano peludo de cabezas de tíos.

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SHEILA

Los desfibriladores cardiacos puestos por encima de 450 julios dejan
quemaduras de contacto. Las palas pueden chamuscarle el pecho al
paciente. Cualquier joya metálica puede doblarse al rojo vivo durante
un instante. Pendientes o collares. En los pectorales caídos de Branch
Bacardi, los dos verdugones rojos y redondos de las palas podrían ser
pezones de dibujos animados. Nuevas aureolas relucientes grabadas
a fuego en su pecho. El relicario con forma de corazón de la señorita
Wright se ha calentado tanto que se le ha incrustado en el pecho. Le
ha marcado a fuego un corazón diminuto a la señorita Wright. Tanto
los nuevos pezones de Bacardi como el corazón de la señorita Wright
todavía humean. El relicario se ha abierto de golpe, el oro se ha
puesto negro, la foto del bebé que había dentro se ha enroscado y se
ha chamuscado en medio de una nubecilla de humo.

Esa foto de mí recién nacida, un destello, una llama y adiós,
hecha cenizas.

Mirando el cuerpo de Branch Bacardi, uno de los frota-capullos
de enfermeros dice:

—Menos mal, porque ni de coña íbamos a meter una tranca tan
grande en ninguna bolsa de cadáver.

—Olvídate de eso —dice el otro limpia-bombillas de enfermero—.
Ese monstruo no cabría dentro de un ataúd cerrado.

El desfibrilador ha soldado a Bacardi y a la señorita Wright
formando una «X» humana. Unidos por las caderas. Su carne
esposada en el odio, fusionados a fuego más profundamente de lo
que podría dejarlos ningún matrimonio. Unidos como siameses.
Cauterizados.

Pero no... no han muerto. Branch y Cassie. Casi, pero no del todo.
El hedor a coño y pelotas quemados viene de la descarga de
kilovatios que casi ha matado a Cassie Wright... pero ha devuelto a la
vida a Branch Bacardi. El shock que ha soldado sus genitales. Que los
ha sellado entre ellos.

Créetelo.
Los enfermeros se quedan mirando, negando con la cabeza

mientras se preguntan cómo levantar dos cuerpos inconscientes,

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siameses unidos por la entrepierna, y cargar con ellos hasta el
hospital. Unidos a fuego por unas cuantas capas de piel asada, o por
un espasmo muscular, o por sus partes blandas cocidas en forma de
un solo pan de carne.

El olor a sudor y ozono y hamburguesa frita.
Es entonces cuando lo digo: Branch Bacardi y Cassie Wright son

mi padre y mi madre. Son mis padres. Yo soy su hija.
Créetelo. Dándome golpecitos en el pecho, les digo a los

enfermeros:
—Me llamo Zelda Zonk.
Pero nadie aparta la vista de los dos cuerpos desnudos, los dos

gimiendo, con las cabezas colgando inertes del cuello. Sus ojos siguen
cerrados. Se elevan espirales de humo de su carne fusionada. Sus
nuevos pezones y corazón marcados a fuego.

Con los dedos rectos y muy juntos, levanto una mano, igual que
se hace para la jura de la bandera en la escuela, para prometer
cualquier cosa ante un tribunal, y les hago una pequeña señal a los
enfermeros para que miren. Con la otra mano me doy un golpecito en
el pecho. Me lo doy donde se supone que está el corazón.

Por un instante, todo parece muy importante. Casi real.
Y lo vuelvo a decir. Mi nombre secreto. Levanto la mano un

poquito más, para que por fin alguien mire y me vea.

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