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Alessandro Pronzato

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del Samarítano

Peregrinación al santuario delhombre

SalTerrae

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Colección «El Pozo de Siquem»

147
Alessandro Pronzato

Tras las huellas
del Samaritano
Peregrinación al santuario del hombre

Editorial SAL TERRAE
Santander

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«Vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino...».
Viene a la mente el gesto realizado por Jesús en la Última
Cena: «...Se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la
ciñó. Luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los
pies de los discípulos...» (Juan 13,4-5).

El amor se expone, sin defensas. El amor anula las dis-
tancias. El amor es despojo de sí. Nadie puede amar si no
se despoja del papel, del orgullo, del prestigio, de las acti-
tudes de superioridad.

El encuentro es posible sólo para quien «se baja» de la
cabalgadura del orgullo, de la afirmación de sí, de la ambi-
ción...

Caridad y discreción

¡Qué suerte que en aquel tiempo no hubiera micrófonos ni
cámaras de televisión al acecho...! El Samaritano se libró
de los entrevistadores (y también el herido tuvo la suerte
de no tener que responder al informador petulante que le
habría preguntado «qué había sentido cuando los saltea-
dores lo molían a palos...»).

La verdadera caridad es siempre discreta. No debe ser
exhibida ni instrumental izada; no hay que hacer ostenta-
ción de ella ni darle publicidad.

Hoy, por desgracia, en vez de la caridad «secreta»
(Mateo 6,4), oculta, esquiva, modesta, abunda una caridad
espectacular, ruidosa, pregonada a bombo y platillo, que
gusta de estar en todas partes, de la que se hace propagan-
da más allá de los límites de la decencia o, al menos, del
buen gusto.

PROVOCACIONES 63

Hoy asistimos a penosos espectáculos de divismo, a
indigestos fenómenos de protagonismo excesivo, de culto
a la personalidad y a la popularidad en el campo de la
caridad y de las iniciativas de tipo social.

De este modo, la caridad y las buenas obras se con-
vierten en pretexto para el exhibicionismo de gentes fri-
volas que muestran sin recato ante el público sus penas
variopintas y melindrosas y recitan una «letanía del yo»
tan vanidosa como infantil.

Con la excusa de que es necesario dar «buenas noti-
cias», dar a conocer el bien, y no sólo el mal presente en
el mundo, hay gente que, en cuanto decide hacer algo, lo
primero que hace es crear una oficina de prensa encarga-
da de transmitir la información a todos los medios de
comunicación del lugar. Se preocupan más de hacer saber
que de hacer.

En cambio, el Samaritano, un tipo más bien esquivo,
se preocupó de hacer saber al huésped que él pagaría la
cuenta.

¿Dónde está Dios?

En la parábola Dios parece ausente. Ni siquiera es nom-
brado. Se le ignora por completo. Está en el cielo, envuel-
to entre nubes que no Le permiten abrir una ventana para
ver lo que sucede en el polvoriento camino de Jericó.

¿Es exactamente así?
En realidad, es el gesto del Samaritano lo que hace

presente y manifiesta a Dios.
Mientras que el sacerdote y el levita lo habían alejado,

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ocultándolo entre las nubes del incienso y el humo de los
sacrificios, el Samaritano lo lleva de nuevo a aquel cami-
no infame.

¿Lo lleva de nuevo o lo descubre?

Las lecciones son tres (y tal vez más...)

Algunos estudiosos, al comentar e interpretar la parábola,
oscilan entre dos perspectivas, que constituirían otras tan-
tas lecciones:

- se trata de amar al enemigo;
- y se trata también de dejarse amar por el enemigo.
Yo añadiría otra perspectiva: se trata de aprender del

enemigo. Y me parece que ésta es precisamente la lección
impartida por Jesús al doctor de la Ley cuando le dice:
«Vete y haz tú lo mismo». Es decir, aprende del
Samaritano, del hereje, del diferente.

En cualquier caso, las tres perspectivas no se excluyen
entre sí.

Hay que tener presentes todas y cada una de ellas.
Y tal vez haya alguna más.

Casualmente...

«Casualmente...». Había sido una jornada decididamente
desafortunada para aquel desdichado tendido en la cuneta
del camino. Sin embargo, después de la infame embosca-
da de que había sido víctima, he aquí que en su horizonte
sombrío se abre un atisbo de luz.

PROVOCACIONES 65

Por sí solo no puede salir de aquella difícil situación, y
como está perdiendo mucha sangre, cada vez le queda menos
tiempo de vida. La única esperanza es que pase alguien.

Y he aquí que, de repente, no sólo pasa alguien, sino que
pasa nada menos que un sacerdote.

«Casualmente...». Cabe suponer que el hombre «medio
muerto» pensara: «Bueno, en el fondo tengo que considerar-
me afortunado... Mira por dónde, veo que está bajando un
sacerdote. Después de todo lo que me ha pasado, después de
lo feo que se ha puesto el asunto, parece que las cosas empie-
zan a solucionarse...».

La mirada casi apagada del herido se enciende de nuevo,
se hace como el objetivo de una cámara fotográfica que capta
a lo lejos aquella figura, después la enfoca cada vez más
cerca, pero, ¡ay!, también ve cómo se desvanece. El sacerdo-
te, en efecto, no se detiene.

La misma secuencia se repite en el caso del levita, en un
dramático alternarse de esperanza y frustración, confianza y
desilusión.

En el horizonte se perfila de nuevo un tercer personaje.
En el herido se enciende otra vez, aunque muy débilmente,
la llamita de la esperanza. Pero cuando el desconocido se
acerca, y él puede observar sus facciones con precisión,
aquel pobre desgraciado se siente desconsolado: se trata de
un enemigo.

La única esperanza que le queda está precisamente en la
hipótesis, casi inverosímil, de que no se comporte como un
enemigo y manifieste una pizca de humanidad.

Y sucede exactamente lo increíble. El enemigo, el bastar-
do, el mestizo, de quien no era lícito esperar nada bueno, se
comporta como prójimo.

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esposo, o responder con monosílabos. Señor, ¿no podrías
sugerir a mi mujer, quizás a través de la mediación secreta de
uno de los numerosos sacerdotes con los que trata por los
fines más nobles (lo digo sin ironía), que es justo, debido y
urgente que se ocupe de los problemas de los pobres, pero
que sería oportuno que no olvidara que tiene un marido con
muchos deberes, pero también con algún derecho?

»Señor, haz que mi mujer advierta que dentro de su
casa se ha formado un pedazo de "tercer mundo", una
minúscula área de marginación, y hasta ahora nadie se
ocupa de ello (¿o hay que crear expresamente una aso-
ciación que se ocupe de esta finalidad nada desprecia-
ble?). Ciertamente no pretendo que mi mujer "empiece"
por mí; me contentaría con que su incansable actividad
(demasiado frenética, a mi modo de ver) "terminara" en
mí, sin interrumpirse antes.

»Solicito formalmente la inscripción en el "tercer
mundo", el de mi esposa y mis hijos. Pero preciso que me
basta con las migajas».

Por las cartas y los testimonios directos de asentimiento
que he recibido, me doy cuenta de que he tocado un proble-
ma real y de dimensiones bastante preocupantes.

Todo empieza por los ojos

Hablamos de delicadeza. Ésta tiene que ver, esencialmen-
te, con la mirada. Se trata de ver, de comprender, de intuir.
Y, una vez más, esta reflexión se aplica, en primer lugar, a
las personas que están cerca de nosotros.

¿Y QUIÉN ES MI PRÓJIMO? 123

Hay que convencerse de que el hombre se parte fácil-
mente. Un corazón se rompe fácilmente. Fuera ni siquiera
se advierte un crujido. Un proverbio árabe advierte: «Es la
última brizna de paja la que rompe el lomo del camello».
Y un refrán napolitano, que sustituye el camello por el
asno, llega prácticamente a la misma conclusión: «Cento
niente hanno ucciso 'o ciuccio» [Cien nadas mataron al
asno]. Cuántas veces también nosotros repetimos, para
justificar nuestros comportamientos descorteses y poco
delicados con algunas personas: «No es nada... En el
fondo, no le he hecho nada... No le he dicho nada particu-
larmente grave...».

Las personas caen rendidas por la última brizna de
paja, por el último «nada». No es cuestión, claro está, de
cargas de trabajo, de pesos insoportables en sentido mate-
rial (aun cuando es verdad que a veces también ésta es la
causa). Son otras las cosas que normalmente rompen la
espalda de una persona y hacen que ésta no pueda volver
a levantarse.

No existen sólo chivos expiatorios. Hay también
camellos sobre cuyo lomo todos, pero en particular las
personas más cercanas, echan pesos excesivos.
Desahogos, pretensiones absurdas, indiferencia, fastidio,
desinterés, humillaciones, atribuciones de culpas de todo
tipo, descuidos, necedades, palabras ásperas, marginación,
sacrificios extraordinarios impuestos sin piedad, renun-
cias, lamentos cretinos...

Ni siquiera sospechamos que a aquel camello-persona
hay que darle también algo, y no sólo exigirle todo.

Algunos no consiguen imaginar que aquella persona-
camello tiene exigencias, tiene una sensibilidad, necesita

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recuperar el aliento, saciar la sed, recobrar fuerzas gracias
a una palabra buena, un gesto delicado, una señal de apre-
cio, el calor de una mano, una sonrisa, un agradecimiento
convencido, alguna migaja de ternura, una conversación
tranquila mirándose a los ojos.

Nada. Continúan, impertérritos, echando encima a la
persona-camello, día tras día, únicamente paja que llevar.
Continúan pretendiendo que siga tirando de una carreta
opresora mientras le azuzan con la habitual letanía del «no
es nada».

En un cierto momento, la persona se derrumba sin cru-
jidos, sin el menor ruido de alarma. Y nosotros comenta-
mos con hipocresía, como si nos pillara por sorpresa:
«Pero ¡qué historias! ¡Por una palabra, una pequeña obser-
vación, un olvido, una cosa de nada... no hay que hacer un
drama!».

Aquélla era la última «cosa de nada», la última brizna
de paja, la más ligera de todas, pero capaz de romper el
equilibrio.

Aquella «cosa de nada», aquella brizna de paja, pesa-
ba quintales, porque se sumaba a lo que se había echado
antes. A lo que otros muchos, inconscientes e insensibles
como tú, habían puesto antes.

Y es triste que nos percatemos de la existencia de un
ser humano sólo cuándo éste no puede más y cae exhaus-
to. Por «una cosa de nada»...

Esperemos que el Samaritano nos lleve a percatarnos
de quién tiene necesidad de ser aliviado mientras está
abandonado en la cuneta del camino que recorre el interior
de nuestra casa...

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