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COLECCIÓN IDEAS, LETRAS Y VIDA

ARTURO CHUQUET

J.J.
ROUSSFAU

GENIO DEL SENTIMIENTO
DESORDENADO


CIA. GENERAL DE EDICIONES, S.A· MEXICO

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debilidad de su propio talento~ demasiado precoz y
demasiado verde, reconocía que la primera salida de
Rousseau. era un golpe maestro, y que el ginebrino,
madurado por la meditación y el estudio, desplegaba en
su primera obra una plenitud asombrosa y una virilidad
absoluta.

Rousseau salía de la obscuridad. No era ya un
escritor de talento, sino que se le clasificaba entre los
filósofos; se le ponía aparte. Su orgullo se exaltó. Des-
pués de haber intentado acomodarse al tono melifluo y
cortés, se abandonó resueltamente al otro exceso, y alar-
deó de rudeza. Declaró que quería llevar la vida simple
y austera que glorificaba su Discurso, conciliar su con·
ducta con sus principios, y predicar la moral con su
ejemplo todavía más que con sus libros: desafiaría a
su siglo y rompería con los usos del mundo.

Rechazó, por tanto, el empleo lucrfltivo de cajero
que le ofrecía Francreuil. Se acabaron los galones y las
medias blancas; se acabó la espada; se acabó el reloj.
Reforma su indumentaria, se endosa una casaca de paño
grueso y adopta una peluca redonda. Bendice al ladrón
que le ha robado sus camisas finas. Se hace copista de
música, para tener un oficio y ganarse la vida como un
obrero. Grimm se burlaba de él, diciéndole: "Haceos
más bien botillero; todo París irá a veros y os haréis
rico."

Juan Jacobo creía hacer prosélitos, fundar una es-
cuela, arrastrar tras de sí a los entusiastas; pero sólo
logró excitar la curiosidad. Una lluvia de importunos
cayó .sobre él. Venían a perseguirle hasta su desván.

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Las mujeres se disputaban su müsica, abrumándole a
invitaciones; y era vano su empeño por en~errarse y
oponer a los visitantes que le acosaban un rostro glacial
y una brusca acogida.

Comprendió que había adoptado un papel insoste-
nible, y para salir del aprieto, exageró la misantropía.
Ya de por sí torpe y un poco rudo, encontraba en esta
transformación ventajas y comodidades. Pisoteaba las
convenciones sociales que temía herir; despreciaba la
cortesía que no sabía practicar; hacía de su incorregible
respeto humano una áspera e intrépida virtud. Sin em-
bargo, su estúpida timidez volvió a veces, y triunfó. No
se atrevía a decir que el retrato de la señora de Luxem-
burgo no se parecía en nada al modelo, y por miedo a
desagradar a un duque, cambiaba el nombre de su
perro, Duque, por el de Turco. Pero sus brusquedades,
sus impertinencias, su cinismo, se hicieron pronto céle-
bres. Rechazaba ostensiblemente la caza que le enviara
el príncipe de Conti; cuando el duque de Deux-Ponts
pedía permiso para cumplimentarle, Rousseau replica-
ba: "Hacedlo, pero con brevedad", y contestaba a las
amistosas insinuaciones del barón de Holbach: "Sois
demasiado rico."

Este salvaje se convirtió en el hombre de moda. En
el mes de octubre de 1752 se representa su Adivino de
la aldea en Fontainebleau, delante del rey. Juan Jacobo
asiste a la representación en un atuendo descuidado,
grandes barbas y peluca mal peinada. Pero los especta-
dores no tienen para él sino miradas favorables, si no
aplauden en presencia del rey, muestran su aprobación

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con un murmullo halagador, y las mujeres se dicen al
oído, entre sollozos, que la obra es encantadora. Quisie·
ron presentar a Rousseau a Luis XV que cantaba el aria
del enamorado con la voz más de falsete de todo su
reino y que, seguramente, le hubiese gratificado con
una pensión; pero el autor huyó, sea porque temiese
hacer mala figura y decir una necedad, o más bien por
orgullo, para dar a la gente una prueba palmaria de
desinterés y de independencia.

Pero pronto surgieron encendidas disputas. Rous·
seau dirigía con Grimm y Diderot la lucha del rincón
de la reina, o de los partidarios de la música italiana,
que se reunían en la Opera debajo del palco de la reina,
contra el rincón del rey o de los sectarios de la música
francesa, que se reunían debajo del palco del rey. Su
Carta sobre la música, inspirada por el odio a Rameau,

, que le calificaba de saqueador sin talento, sublevó a
todo París; se acusó a Juan Jacobo de ofender. a la
nación porque negaba su música; se le dificultó su
entrada en la Opera, y se le quemó en efigie en este
teatro. La cólera que experimentó por esto estaba agra·
vada por s~spechas injustas. Pensó que sus amigos en·
vidiaban el triunfo del Adivino, y no le perdonaban que
uniese al genio de escritor el de compositor. Por eso;
cuando su comedia Narciso fracasó en el Teatro Francés,
declaró altaneramente en el prefacio que no era hombre
que intrigase para obtener los sufragios del público.

Su Íntimo amigo Gauffecourt marchó a Ginebra en
el verano de 1754, y Rousseau le acompañó. No ignora.
ba que iba al encuentro de una ovación. En efecto, sus

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compatriotas le festejaron, hasta el punto de que, para
huir de los papanatas, tuvo que refugiarse en el campo.
Privado de sus derechos de ciudadano por su abjuración,
decidió volver al culto de sus padres. Se le eximió del
cumplimiento de las formalidades más enojosas; no se
presentó al consistorio, y una simple comisión de seis
miembros recibió su profesión de fe. Se había aprendi.
do de memoria una breve arenga; pero no acertó a
decir de ella ni una sola palabra y se contentó, como
un colegial, a contestar sí o no. Con esto, quedó admiti-
do en la comunión elI Q de agosto de 1754, y fué inscrito
en la lista de ciudadanos.

Al cabo de cuatro meses volvió a París. La Acade-
mia de Dijon había sacado a concurso el tema: "Origen
de la desigualdad entre los hombres, y si se encuentra
autorizada por la ley natural." Rousseau meditó sobre
tal tema en el bosque de Saint-Germain, buscando en el
fondo de las selvas la imagen de los primeros tiempos
que quería reproducir, deplorando las miserias de sus
semejantes, y exclamando con transportes: "¡Insensa-
tos, que os quejáis sin cesar de la naturaleza, sabed que
todos vuestros males proceden de vosotros!" No obtuvo
el premio; pero publicó su Discurso en el verano de
1755 y se lo dedicó a la República de Ginebra. Esta
dedicatoria es famosa. Después de haber elogiado la
constitución del gobierno, Juan J acobo rogaba a los
"magníficos señores" que manifestasen consideraciones
y una especie de gratitud a los obreros y a la gente del
pueblo, todos ellos iguales tanto por la educación como
por los derechos de la naturaleza y del nacimiento. El

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do en los asuntos públicos la mitad del dinero y del
talento que gastaba en satisfacer su animosidad con·
tra Rousseau, hubiese sido uno de los mejores minis-
tros de Francia.

El infortunado perdía el juicio. Había ocasiones
en que le acometía un acceso y, con el gesto hosco, los
ojos fijos y un brazo apoyado en el respaldo de su
asiento, decía las cosas más extrañas. Afirmaba que
representaban su Pigmalión para ridiculizarlo, y su
Adivino para crearle una reputación de plagiario. Una
noche fué derribado por un perro; creyéronle muerto
y abrieron una suscripción para la impresión de sus
manuscritos; Rousseau pretendió que sus enemigos tra-
taban de publicar con su nombre una colección de
obras deshonrosas que habían compuesto con tal ob·

jeto.
Los Diálogos que intitula Rousseau juez de Juan

Jacobo, arrojan una curiosa luz sobre su situación de
espíritu en 1775. Saca a escena dos personajes; un
francés y Rousseau. El francés considera a Juan Ja-
cobo como un monstruo, y Rousseau lo defiende. Este
escrito está lleno de digresiones y de repeticiones; a
cada instante aparecen las sospechas, los procedimien-
tos cautelosos, los manejos solapados, las marchas obli-
cuas, las minas subterráneas, la liga en la que todo
el mundo há ido entrando sucesivamente, la obra de
impostura a la que concurre el público entero. Juan
Jacobo se asemeja a Lazarillo de Tormes; sujeto al fono
do de un barril, coronado de cañas y de algas, y aso·
mando tan sólo la cabeza fuera del agua, paséase al

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héroe de ciudad en ciudad como un monstruo marino;
pero ¿sabe el pueblo que Lazarillo es un hombre a
quien se impide hablar, y a quien una cuerda, de la
que se tira disimuladamente, le obliga, al menor grito,
a sumergirse?l De la misma manera, hacen callar a
Juan J acobo, y lo entregan atado de pies y manos
a merced de sus enemigos. Se encuentra trabado, vigi-
lado, cargado de invisibles cadenas, enterrado vivo
entre los vivos. No dice una palabra, no mueve un dedo
sin que "nuestros señores" se enteren. Ponen a su lado
a gentes debidamente aleccionadas. Abren sus cartas.
Desaparecen los libros que él desea. Los barqueros, los
limpiabotas le niegan sus servicios. Sin cesar, le persi-
guen unos hombres de fea catadura, unos soplones. Si le
hacen objeto de atenciones, las juzga irónicas, semejan-
tes a las muestras de respeto que el pueblo de Barata-
ria prodigaba a Sancho. Si le reconocen, le examinan
y cuchichean cuando él pasa, le parece que aquellos
mirones son bandidos, satisfechos de haberse apode-
rado de su presa y de insultar a la desgracia. Si entra
en el teatro y la multitud le oprime, se imagina que
aquellos que le rodean son otros tantos alguaciles y
corchetes. Si se sienta en la platea, cree ver a un poli-
cía a su lado. Por doquier se lo muestran, se lo señalan,
se lo recomiendan; ya no es más que un apestado.

1 El pasaje a que se refiere aquí el autor no figura en la Vida
de Lazarillo de Tormes r de sus fortunas r adversidades, de autor
anónimo, una de las más famosas obras de la novela picaresca espa-
ñola, y cuyas primeras ediciones conocidas son de 15540 Pertenece, en
cambio, a una de las continuaciones de dicha obra: la que lo de Luna
o Ho de Luna, intérprete y maestro de lengua española en París, pu-
blico en eIlta ciudad en 1620 (capítulo IV y sigo) (No del To)

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Cuando terminó los Diálogos, quiso depositarlos en el
altar mayor de Notre-Dame y confiárselos a la Provi-
dencia; pero encontró la verja de la iglesia cerrada, y
acometido por un vértigo, anduvo corriendo todo el
día por las calles, y no volvió a su casa hasta la noche,
atontado de dolor y rendido de fatiga. Para asegurar
la publicidad de la obra, escribió una esquelita, que
copió varias veces, y la ofreció en los paseos a los des-
conocidos cuyo semblante le agradaba.

Sin embargo, acabó por resignarse, y las Fantasías
del paseante solitario demuestran cierto sosiego. Se en-
trega a las dulzuras del ensueño; se analiza y fija sus
principios de religión y de moral; vuelve a sus prime-
ros años, evoca la imagen de la señora de Warens y
se transporta a aquella isla de Saint-Pierre donde tan-
to ha gozado del lar niente. Refiere sus cursos de bo-
tánica o describe las horas agradables que pasa en su
casa, haciendo lindos herbarios, disecando plantas, ex-
tendiendo y desplegando pequeñas ramitas, esforzán-
dose por dejarles a las flores y a las hojas su color y
su figura, pegando con cuidado todos sus fragmentos
en papeles que adorna con orlas rojas, formando así
colecciones de miniaturas, y conversando con los vege-
tales mejor que con los hombres.

En el verano de 1777 tuvo crisis de nervios y vó-
mitos de bilis. Acometióle de nuevo el deseo de ir al
campo, y su médico, Le Begue de Presle, y un amigo
de Le Begue, el marqués de Girardin, se lo llevaron
el 20 de mayo de 1778 a Ermenonville. Allí se instaló
en un pabellón que dependía del castillo. El 2 de julio

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moría de una apoplejía serosa. Teresa le oyó de repen-
te lanzar gemidos: acudió y lo encontró tendido en el
suelo; volvió en sí, y después cayÓ con la cara contra
el suelo; Teresa, derribada por su peso y cubierta de
la sangre que le brotaba de la frente, lo levantó, le
estrechó las manos, y así fué como expiró, sin decir
una palabra.

Ocho días antes, una hermosa tarde, Girardin le
había dado un concierto, en medio del parque, en
la isla de los Alamos, y Rousseau, emocionado, rogó al
marqués que le enterrase en aquel lugar. Girardin cum-
plió este deseo. El 4 de julio, hizo enterrar a Juan Ja-
cobo en la isla de los Alamos, que recibió el nombre
de Elíseo y se convirtió en un lugar de peregrinación.
El 27 de agosto de 1791, la Asamblea Constituyente
decretó que los restos de Rousseau fuesen trasladados
al Panteón. La ceremonia se efectuó el 20 vendimiario
del año III, y Juan J acobo f ué colocado al lado de
Voltaire. En 1814, unos insensatos profanaron cierta
noche los féretros y arrojaron a un muladar los huesos
de los dos grandes hombres. i Pero qué importa que las
cenizas del escritor hayan sido destruídas! Queda su
palabra, que inflama los espíritus y vuela de boca en
boca.

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